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30 de enero de 2012

Análisis de María, de Jorge Isaacs


Análisis de María, de Jorge Isaacs
La armonía poética de María, de Jorge Isaacs, la novela sentimental por antono­masia, y el tono festivo y apicarado de las Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma, constituyen las características sobresalientes de estas dos acabadas expresiones del Romanticismo hispanoamericano.
Jorge Isaacs debe a su novela María el lugar destacado que ocupa dentro de la narrativa hispanoamericana. Publicada en 1867, su éxito inmediato la convirtió en lec­tura indispensable para millones de hispanohablantes. Su influencia aún persiste, a pesar de los cambios estéticos experimentados.

"María" en la novelística hispanoamericana
El Romanticismo marca el florecimiento de la novela, que se cultiva especialmente en Méjico, Chile y Argentina. Sus numerosas manifestaciones abarcan novelas histó­ricas, político-sociales y sentimentales. Sin embargo, es en Colombia donde aparece la novela romántica más exitosa: María, de Jorge Isaacs, que responde a las características de la novela sentimental:
·  relato en primera persona;
·  adopción de la forma de un libro de memorias;
·  título con el nombre de la protagonista;
·  asunto que desarrolla las alternativas de un amor casto e imposible;
·  protagonistas signados por el dolor, la separación y la muerte;
·  hechos que se desenvuelven en un marco natural, que acompaña con sus mutacio­nes los vaivenes del idilio.

RESUMEN DEL ARGUMENTO:
Efraín vuelve al hogar paterno, en el valle del Cauca, después de seis años. El reencuentro con los suyos lo hace descubrir su amor por María, la primita huérfana, de origen judío, que vive con su familia como una hija más. El idilio se desarrolla castamente, enmarcado por un paisaje de ensueño. Súbitamente, María enferma y el padre de Efraín decide ale­jarlo  -enviándolo  a estudiar a Londres-, para rodear a la joven de la tranquilidad que su estado requiere. Sin embargo, meses después Efraín debe emprender el regreso, ante el llamado angustioso de María. Todo es inútil. Sólo alcanza a re­zar ante su tumba. Vencido, abandona para siempre los lugares donde fue tan feliz.

ESTRUCTURA DE LA NOVELA
La novela consta de sesenta y cinco capítulos. Los precede una dedicatoria, "A los hermanos de Efraín", en la que el narrador, oculto apenas tras la figura de quien ejecuta un encargo, presenta los hechos como ocurridos tiempo atrás. Anticipa, asimismo, el final del protagonista -·'a quien tanto amasteis y que ya no existe"- y subraya el carácter doliente de la obra:
¡si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la [misión] he cum­plido fielmente!
Estas palabras apuntan a presentar la novela como documento de una realidad vivida. Aspecto este último al que también contribuyen el uso de la primera persona narrativa y la intercalación de numerosos pasajes autobiográficos.
Puede afirmarse que el hilo conductor de la materia novelada se da en la historia sentimental de María y Efraín, verdadero ejemplo de amor idílico. En este primer nivel de narración, se entrelazan las descripciones de los ambientes en los que se desarrolla la trama: la naturaleza del valle del Cauca (espacio abierto), y las características arquitectónicas de "El Paraíso", (espacio cerrado). Sus se­cuencias configuran un triple recorrido por un mundo real, pero idealizado. Recorrido nostálgico que actualiza el idilio, el espacio abierto y el cerrado, y cuyo final reelabora el "mito primordial del Edén perdido", objetivado, en este caso, por la pérdida del hogar paterno, de la amada y del paisaje paradisíaco.
Sobre esa línea narrativa de base se engarzan una serie de microrrelatos, muchos de carácter costumbrista; en su gran mayoría, cortas historias de amor, cuyos avatares duplican los vividos por Efraín y María. Así ocurre con el noviazgo y la boda de Braulio y Tránsito (Cap. XXXV), con la de Bruno y Remigia (Cap_ V), y, especialmente, con la historia de Nay (Feliciana) y Sinar (Cap. XL), señalada con justicia como ejemplo del exotismo romántico'. Otros, como la caza del tigre (Cap. XXI), y la del ciervo (Cap. XXVI), contribuyen a subrayar lo costumbrista y a resaltar las virtudes de Efraín.

El espacio novelesco
Las descripciones de la Naturaleza del valle del Cauca, en Colombia, constituyen uno de los elementos que se entrelazan en la trama narrativa. La belleza del paisaje aparece ya en los primeros capítulos.
Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. [ ... ) El cielo tenía un tinte azul pálido; hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina, esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba pla­nicies alfombradas de verdes gramales, regadas por riachuelos, cuyo paso me obstruían her­mosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en lagunas o en sendas abovedadas por florecidos pisamos e higuerones frondosos. (Capítulo II)
 El lujuriante colorido de la Naturaleza acompaña a los protagonistas en su despertar amoroso:
La luna, que acababa de elevarse, llena y grande, bajo un cielo profundo sobre los montes enlutados, iluminaba las faldas de las montañas blanqueadas a trechos [ ... ), argen­tando las espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancólica hasta el fondo del valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. Este silencio [ ... ] era más grato que nunca a mi alma.
La vida se derrama y florece en árboles, ríos, montañas y lagos. Su vitalismo refleja la dicha de los castos amantes. Pero el anuncio de la enfermedad de María parece desatar la furia de los elementos.
Cuando salí al corredor que conducía a mi cuarto, un cierzo impetuoso columpiaba los sauces del patio, y al acercarme al huerto lo oí rasgarse en los sotos de los naranjos, de donde se lanzaban las aves asustadas. Relámpagos débiles [ ... ] parecían querer iluminar el fondo tenebroso del valle. (Capítulo XV )
La misma agresividad detiene o retrasa el regreso de Efraín, en vísperas del des­enlace fatal de la enfermedad de su amada.
Las corrientes del río empezaban a luchar contra nuestra embarcación. [ ... ] Poco a poco fueron haciéndose densas las nieblas. Del lado del mar nos llegaba el retumbo de truenos lejanos. [ ... ] Un ruido semejante al vuelo rumoroso de un huracán sobre-selvas venía a nuestro alcance. Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer después. (Capítulo LVII)
Todo el desenfreno de una Naturaleza abandonada a su violencia acompaña así la íntima congoja del ausente, que lucha por llegar hasta María  .
Las descripciones de los espacios cerrados -la posesión del viejo José (Cap. IX), la casita de la chacra (Cap. XLVIII), la casa de Carlos (Cap. XLVIII), la cabaña de Braulio (Cap. L), la del negro Bibiano (Cap. LVIII)- y, especialmente, del interior de la hacienda paterna, "El Paraíso", traducen un detallismo que apunta a subrayar usos y costumbres del lugar y de la época.
Era la casita de la chagra , pajiza y de suelo apisonado, pero muy limpia y recién en­jalbegada . [ ... ] La salita tenía por adorno algunos taburetes aforrados en cuero crudo, un escaño, una mesa cubierta por entonces con almidón sobre lienzos, y el aparador, donde lucían platos y escudillas de vario tamaño y color.
Cubría una alta cortina de zaraza  rosada la puerta que conducía a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una deteriorada imagen de la Virgen del Rosario, completando el altarcito dos pequeñas estatuas de San José y San Antonio, colocadas a uno y otro lado de la lámina. (Capítulo XL VIII ).
El papel protagónico del paisaje en la obra es expresado por el narrador con  la siguiente afirmación: "La naturaleza es la más amorosa de las ma­dres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma, y, si la felicidad nos acaricia, ella nos sonríe" (Cap. XXI)  .

El tiempo de la trama
La acción se desarrolla en forma lineal. Este tiempo cronológico o de los relojes puede representarse gráficamente así:


Como se advierte en el gráfico, de los sesenta y cinco capítulos, cincuenta y dos describen los avatares del idilio entre María y Efraín. Cubren sólo cinco meses en la vida de los enamorados, los que transcurren entre "los últimos días de un lujoso agosto" de 1854 (Cap. II) y el 30 de enero del año siguiente: "El 28 de enero, dos días antes del señalado para mi viaje ... " (Cap. L1). Son capítulos en los que el tiempo pa­rece detenerse, por la minuciosidad con que el narrador-protagonista relata hechos o describe situaciones. A cada paso, el reloj o los cambios temporales marcan las horas de la felicidad o del dolor. Así, en un mismo capítulo, el IV, podemos encontrar:
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos.
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero         .
Horas depués me avisaron que el baño estaba preparado               .
De esta manera, el narrador "desmenuza" el tiempo del amor, alargándolo subjeti­vamente. Algo semejante ocurre en los capitulas que corresponden al viaje de regreso de Efraín desde Londres (LVI al LIX). Su duración cronológica -alrededor de un mes­, se dilata en la descripción pormenorizada de los obstáculos que la Naturaleza parece oponer, adrede, a un Efraín ansioso por llegar hasta María antes que la Muerte. Idén­tica situación se da en los capítulos finales de la novela (LXIII al LXV), en los que tam­bién el tiempo del corazón, o subjetivo, marcha diversamente al de los relojes".
En abierto contraste, el narrador apenas se detiene en los largos meses de la estadía de Efraín en Londres. Hasta el espacio físico merece un tratamiento superficial, dada la lejanía del ser amado.
Sin embargo, la linealidad temporal es quebrada en tres oportunidades; mediante "raccontos", el narrador salta hacia el pasado para completar la caracterización de los personajes o complementar la trama novelesca. Lo hace al contar la historia de María (Cap. VII), la de Feliciana-Nay (Cap. XLII) y cuando Efraín escucha lo relativo a los últimos momentos de María, de labios de su hermana Emma (Cap. LXII) ".
Respecto de la narración en sí, se desarrolla a través de dos carriles: el correspon­diente al momento en que Efraín escribe (presente del narrador), y el de la narración propiamente dicha (pasado del narrador). El primero se ejemplifica en las abundantes digresiones subjetivas que anticipan el final trágico del idilio:
...¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara! (Capítulo VI )
Por el segundo carril, nos enteramos de las secuencias del romance truncado por la muerte.     .
La posición del narrador
La trama novelesca adopta la primera persona autobiográfica, propia de la novela sentimental. El narrador cuenta un fragmento de su propia vida, en forma lineal. Esto contribuye a dar verosimilitud a los hechos narrados. Cuando se desplaza la fuente de la narración (Cap. XVII), el nuevo narrador lo hace también en primera persona, como testigo ".
Los personajes
La variedad de estratos sociales, presentados en la novela como componentes de un mundo armónico y feliz -patrones, arrendatarios y aun esclavos Iibertos-, ofrece gran cantidad de personajes secundarios que, desde su órbita y caracterizados por costumbres y lenguaje, asisten, expectantes, al desarrollo del idilio. He aquí, pues, uno de los hallazgos de lsaacs: el uso de diferentes niveles de lengua. Así, la lengua literaria del narrador abunda en riqueza de vocabulario y en rasgos de estilo.
Ejemplo:
En breve las montañas desaparecieron bajo el velo ceniciento de una lluvia nutrida que dejaba oír ya su creciente rumor al acercarse azotando los bosques. A la media hora, tur­bios y estrepitosos arroyos descendían peinando los pajonales de las laderas del otro lado del río, el cual, acrecentado, tronaba iracundo, y se divisaba en las lejanas revueltas amarillento, desbordado y undoso. (Capítulo XVI ).
Contrasta con esa lengua la regional, poblada de americanismos, hablada por los  campesinos.
Todavía se burla de mí porque enlazo, hago talanquera y "barbeo" muletos . (Capítulo XIX ).
Los protagonistas
María es el prototipo de la mujer-ángel romántica. Su belleza hebrea origina algunos magníficos retratos en los que se muestra su alma virtuosa, reflejada en la pureza de rasgos y actitudes.
María me ocultaba sus ojos tenazmente, pero pude admirar en ellos la brillantez y her­mosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que, a su pesar, se encon­traron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el arco simétrico de su linda dentadura. Llevaba [ ... ] la abun­dante cabellera castaño oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura le ocultaba el seno hasta la base de su garganta, de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, [ ... ] admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina. (Capítulo III ).
El narrador insiste en su aspecto infantil e inocente y en su mirada luminosa, digna de quien llevara primitivamente el nombre de Esther (estrella de Venus), para luego ser bautizada con el de María (estrella de mar). Hay recato, pudor, en sus acciones, y su conversación, actitudes y movimientos traslucen una sensitiva femineidad.
Poco nos dice el narrador de la apariencia de Efraín. Sin embargo, ya por compa­ración, ya por contraste con los personajes de su edad -Emidgio, Braulio, Carlos-, lo advertimos viril, responsable, atento y respetuoso con todos. Habla poco y es muy observador. No hay en él sensiblería ni sentimentalismo; hay, sí, firmeza en sus palabras y en sus acciones.
Estilo de Isaacs en María
La expresión cuidada, en ocasiones llena de galanuras románticas, caracteriza el estilo de la novela. El rasgo más notable se da en el uso de imágenes, especialmente cromáticas y olfativas. Ellas adornan las descripciones del paisaje colombiano, y su ri­queza y variedad permiten al escritor trabajar la prosa al modo de un pintor.
Una tarde, ¡hermosa tarde, que vivirá siempre en mi memoria! la luz de los arreboles moribundos del ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las llanuras; las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Capítulo XL V
 Así, palabras e ideario, teñidos de sentimiento, originan esta verdadera "sinfonía pas­toral" que es María· .
BIOGRAFÍA DE JORGE ISAACS
Isaacs nació en Cali, Colombia, en 1837. Creció en un hogar en que las prácticas de un catolicismo militante se mezclaban con el recuerdo de las antiguas creencias de su padre, judío convertido al Cristianismo. La holgura económica acompañó su infancia feliz, en el valle del Cauca, cuyas bellezas inmortalizaría, más tarde, en las páginas de su célebre novela.
La temprana muerte de su padre precipitó la pérdida de las fincas, ensombreció su existencia y lo obligó a abandonar sus estudios. A pesar de su empeño, no logró triun­far en ninguna de las muchas actividades a las que se abocó. Hasta su actuación política concluyó desastrosamente. Sólo su vocación literaria le dio satisfacciones, aunque el éxito de María no le brindó beneficios pecuniarios. Murió en 1895.
El poeta de "El Mosaico"
Hacia 1864, Isaacs participó en las reuniones de la tertulia llamada "El Mosaico", que agrupaba a los escritores colombianos de raíz romántica. Entre ellos florecía el grupo antioqueño, en cuyas obras se describe la naturaleza del valle del Cauca, en la provincia de Antioquia, así como se exaltan las labores agrícolas y la vida campesina. Surge, de esa forma, el llamado "virgilianismo antioqueño" con obvia relación, en cuan­to a temas, con la poesía del gran Virgilio (siglo I a.C.). Otro grupo se dedicaba a poetizar las costumbres regionales. Isaacs cultivó ambas temáticas y recibió el aplauso de sus contertulios.






26 de enero de 2012

Análisis del poema CASTILLA, de Manuel Machado


Análisis del poema CASTILLA, de Manuel Machado

En este poema, Manuel Machado se propone ensalzar la figura del héroe de Castilla ( el Cid Campeador) apoyándose en un episodio narrado por el poema del Cid.
La estructura de "Castilla" se organiza con tal propósito: el autor, narrador-observador, recrea líricamente ese episodio porque siente con intensidad la austera grandeza del personaje, cuyos rasgos más valiosos se perfilarán bien en el paisaje y en los hechos re­latados.
Sitúa pues, a Rodrigo, al comienzo y al final del poema en un ámbito abrasador, árido. Es el marco adecuado para mostrar su carácter, su recie­dumbre física y moral, su voluntad heroica; es también el ámbito desencade­nante de los hechos dramáticos. Sudorosos, exhaustos, los soldados se ven obligados a pedir alojamiento, pero ante el reclamo de la niña, el Cid ordena la retirada.
Hay dramaticidad, movimiento y elasticidad, emociones, contras­tes, en este segunda parte del poema, el decisivo,  en que el Cid se manifestará más humano. Y en seguida, implacablemente, Rodrigo Díaz de Vivar sigue cabalgando hacía la gloria, en medio de la estepa castellana. El título "Castilla" resume el sentido total de la poesía.
En el poema se narra un nuevo epi­sodio de la gesta de Rodrigo, un episodio de su destierro, que lo revela tam­bién en su dimensión humana. El rey ha prohibido a sus vasallos que den alojamiento al Cid, que lo auxilien en su marcha hacia tierras de moros. El contenido se desenvuelve a través de tres momentos importantes que apuntan hacia un mismo sentido: realzar la personalidad del héroe.
Primer momento: El poema comienza con una descripción  que des­taca la tremenda aridez de la meseta castellana y que crea el clima apropiado para la primera acción nuclear: el encuentro con el mesón cerrado y la deses­perada solicitud  de ayuda de los guerreros. El ambiente sofocante, agobiador, está sugerido a través de:
a.               Impresiones de luz: un sol ciegamente implacable, encandila y abrasa a los guerreros, reflejándose en las armaduras de hierro y, aumentando su poder luminoso y calórico al golpear el pecho acorazado de los fuertes soldados, al irisar las puntas de las lanzas. Los verbos subrayan e intensifican el efecto: estrella (choca e irradia su luz y su fuego), llaga (el resplandor quemante, hiere hasta el metal); flamea (imagen que muestra la culminación del efecto: la luz ardiente en movimiento, proyectándose, extendiéndose y cubriéndolo todo como el paño de una bandera desplegada y sacudida por el viento).
b.               Sensaciones internas: el cortejo del Cid sufre el terrible embate del ca­lor abrasador: sed, sudor, fatiga. La descripción, por una parte, de los personajes rudos, guerreros, agobiados por el cansancio, en la "terrible" estepa, y por la otra, de la figura del Cid, en un significativo contraste permiten que el  héroe parezca quedar inmune y que no lo alcanza la agobiante presión de la hora y del lugar. ¿Cómo logra el poeta producir esta impresión? Mediante un recurso sintáctico: la intercalación de una oración unimembre: -polvo, sudor, hierro-, entre las expresiones "los suyos", y "el Cid cabalga"; logra así aislar a éste de sus acompañantes:
Al destierro con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.

El encuentro con el mesón es una falsa esperanza y un índice más, que acre­cienta la angustia. La descripción es breve, pero intensa. Está cerrado a "pie­dra y lodo", es decir, tapiado. Y llegamos al núcleo, el desesperado intento de penetrar en él, de buscar un resguardo. Y un nuevo índice, al final de la 3ra. estrofa, condensa y expresa explícitamente lo que sugieren las estrofas anteriores:
Segundo paso. En este paso la acción nuclear concentra nuestra atención: es el pedido de la niña, que marca el momento de la mayor tensión dramática donde se yergue la figura del Campeador. El hombre ha pasado a ser, otra vez, el héroe, pero ahora, enriquecido.
 Los PERSONAJES. Son tres: el Cid, la escuadra y la niña. La figura del Cid está señalada sobriamente en tres trazos:
1, ... el Cid cabalga.
2, y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
3, .. , el Cid cabalga.

A través de cada una de estas menciones se va destacando un rasgo de la personalidad del héroe:

1, el Cid, endurecido, insensible a la atmósfera.
 2, el Cid, enérgico, decidido y humano.
3, el Cid, implacable en la marcha hacia su destino.

En cambio, se describe minuciosamente la figura de la niña, sus gestos y sus reacciones, como también se detallan más los movimientos de la hueste y los efectos que sobre ella producen el ámbito, primero, y la implorante peti­ción de la niña, después. El yo lírico, pues, se vuelve más parco en las referencias al héroe, que ganan así, por contraste, intensidad, fuerza dramática.

El poeta cuenta el episodio en 3ª persona y en presente del Indicativo, es decir, que el tiempo de lo narrado coincide con el tiempo del narrador, con lo cual el episodio adquiere mayor dramaticidad. Pero como se trata de una narración lírica, la emoción del yo poético se proyecta, como hemos visto, en los modos de describir y en la técnica del relato.
Machado pretende exaltar al Cid como un ser humano, no sólo como un guerrero endurecido, y esto lo logra líricamente a través de la presentación de la atmósfera, de las figuras, de las acciones y reacciones de los personajes. Todo ello refleja una actitud afectiva, su simpatía y admiración por un héroe épico y humano a la vez.

El poema está construido en tres pasos básicos:
1-en el primero predomina la descripción
2-En el segundo predominan las acciones
3. El tercero culmina con una descripción.

El segundo paso es el más dilatado: catorce versos, porque es el que car­gará con la tensión del relato.
La distribución acompaña al esquema y refuerza así la estructura de la obra.
l.                                   Primer paso: tres unidades de versos endecasílabos, salvo el primero.
2.                                 Segundo paso: una unidad de catorce versos en la que se mez­clan endecasílabos y heptasílabos. El acento endecasílabo fluctúa  entre cuarta, octava y sexta sílaba.

3.                                 Tercer paso: cuatro unidades de versos endecasílabos (salvo el verso nº 29). El acento recae siempre  en a sexta sílaba.

En el último cuadro descriptivo, la figura del Cid surge fortalecida, después de la decisión tomada. Es el heroísmo del renunciamiento, de la compasión, del gesto humano y comprensivo. Nada ha cambiado: la estepa castellana le sigue ofreciendo aridez, desolación, fatigas. Pero el Cid y sus soldados parecen recobrar fuerzas y emprender otra vez el camino elegido.

La repetición de los versos iniciales tiene ese sentido: mostrar que las circunstan­cias no han variado; pero tampoco el ideal del héroe, hacia el cual marcha sin vacilaciones. Hay un diálogo aparente: la niña pide a la hueste; el Cid no contesta, directamente, ordena a los suyos. La niña habla, ruega. La respuesta no son palabras, que podrían traducir la confusa emoción de los duros gue­rreros. Por eso sólo se oye "un sollozo infantil". El Cid no le contesta. El Cid sólo ordena a los suyos.

Este recurso, diálogo aparente que realza de nuevo al héroe, lo separa de los demás y lo enfoca aisladamente, como un ser singular.

a.    Metáforas que realzan imaginativamente las notas del ambiente. Se refieren a los efectos de los rayos solares: se estrellan, llagan, golpean, flamean, como si fuera sucesivamente:
un objeto duro y quebradizo
un objeto quemante
una bandera de luz.
Resplandecen y arden así, las armas de los caballeros, gracias al len­guaje metafórico. El ardor del ambiente se concentra en un foco; un puñado de soldados que lo recoge y proyecta intensificándolo, como un espejo.
Las sucesivas metáforas acrecientan los efectos de la luz.

b.    Las oraciones unimembres y los giros intercalados destacan en apreta­da síntesis las trágicas consecuencias del lugar, de la hora, de la mar­cha sin tregua.
El ciego sol, la sed, la fatiga.
Polvo, sudor, hierro.

c.    La adjetivación. Es poco abundante pero significativa.
1) señala contrastes: terribles golpes, eco ronco, feroces guerreros frente a voz pura, niña muy débil, muy blanca, oro pálido del cabello; los guerre­ros enfrentados a la niña.
2,)caracteriza al ambiente: ciego, dura, te­rrible, insistiendo en las mismas notas.
d.   La sintaxis. En los encabalgamientos, las unidades sintácticas no coinci­den con las unidades rítmicas (los versos). Hay aquí varios ejemplos:
A los terribles golpes de eco ronco.
Hay una niña muy débil.
Es toda ojos azules.

El modificador o el núcleo no están en el mismo renglón. Aparece este procedimiento en el segundo paso, el que tiene más movimiento dramático. En los cuadros descriptivos, en cambio, hay una martillean­te repetición de los mismos recursos: igual acento, igual número de versos, unidades rítmicas que coinciden con unidades sintácticas, rei­teración de las mismas construcciones o funciones.
Tres verbos núcleos:El sol: se estrella; llaga; flamea.
Tres construcciones sustantivas: El ciego sol ; La sed ; La fatiga
Tres sustantivos: Polvo ; Sudor ; Hierro

Para finalizar, recordemos el marco histórico en el que se encuadra el poema:
Sancho, rey de Castilla, en tiempos del Cid, es asesinado. Nunca pudo saberse quién había ordenado su muerte. ¿Tuvieron algo que ver sus hermanos, doña Urraca y Alfonso, este último, ahora heredero del trono? Los nobles castellanos desconfían y antes de que Alfonso llegue al poder le exigen un juramento: que asegure su inocencia en el criminal atentado. Nadie se atreve a tomarle ese juramento. Sólo el Cid decide asumir la responsabilidad. El romancero cuenta el dramático episodio. Las crónicas, a su vez, comentan que el rey negó su participación y juró tres veces, pero las tres ... palideció, Sea por esta actitud de Rodrigo, sea por las murmuraciones envidiosas de la corte, que acusan al Cid de haberse quedado con parte de los tributos cobrados a los moros, Alfonso ordena el destierro del héroe. El Cid, vasallo leal, obedece. Y el destierro significa finalmente la marcha hacia la gloria. El Cid ofrece a su rey los sucesivos triunfos y logra para la Es­paña cristiana nuevos territorios y una ciudad: Valencia.

Breve biografía de Manuel Machado (1874-1947)
Nació en Sevilla. Era hermano de Antonio Machado, el gran lírico espa­ñol. Fue poeta, autor teatral y crítico. Son temas centrales de su obra, el amor, lo andaluz y lo histórico artístico. En su estilo predominan el toque pictórico y las impresiones sensoriales, elaboradas; la musicalidad y una cui­dada selección de vocablos.
Perteneció al movimiento modernista, aunque mantiene aún el énfasis del sentimiento que prevalecía en los románticos. Son muy conocidos sus sonetos inspirados en cuadros (Felipe IV, Un hidalgo), y las poesías con el tema de Andalucía, a veces superficiales. En colaboración con su hermano escribió obras dramáticas (La Lola se va a los puertos).

     
      El ciego sol se estrella
      en las duras aristas de las armas,
      llaga de luz los petos y espaldares
      y flamea en las puntas de las lanzas.

      El ciego sol, la sed y la fatiga.
      Por la terrible estepa castellana,
      al destierro, con doce de los suyos,
      -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

      Cerrado está el mesón a piedra y lodo...
      Nadie responde. Al pomo de la espada
      y al cuento de las picas, el postigo
      va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

      A los terribles golpes,
      de eco ronco, una voz pura, de plata
      y de cristal responde... Hay un niña
      muy débil y muy blanca,
      en el umbral. Es toda
      ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
      Oro pálido nimba
      su carita curiosa y asustada.

       “¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,
      arruinará la casa
      y sembrará de sal el pobre campo
      que mi padre trabaja...
      Idos. El Cielo os colme de venturas...
      En nuestro mal ¡oh Cid! No ganáis nada.”

      Calla la niña y llora sin gemido...
      Un sollozo infantil cruza la escuadra
      de feroces guerreros,
      y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”

      El ciego sol, la sed y la fatiga.
      Por la terrible estepa castellana,
      al destierro, con doce de los suyos
      -polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.



 Castilla
MANUEL MACHADO




24 de enero de 2012

Cuento: Un habitante de Carcosa de Ambrose Bierce


Cuento: Un habitante de Carcosa de Ambrose Bierce
Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece  por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad  (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre  se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad.  Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba.  En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder  que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de  forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos,  resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
***
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.


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